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El Opus Dei: de la ficción a la realidad

Comienza Dan Brown su novela haciendo referencia a que el Opus acaba de construir un edificio en Estados Unidos del orden de veinte millones de dólares y a partir de allí, desfilan los siniestros personajes que protagonizan su novela. Silas, el monje numerario del Opus Dei que asesinará al gran maestre del Priorato de Sión y a los tres senescales que le secundan; el obispo Aringarosa, Prelado del Opus Dei, entretenido en sus intrigas vaticanas; y una serie de costumbres estrambóticas atribuidas a los miembros de esta institución católica.

Quienes conocemos esta institución de la Iglesia quedamos pasmados ante la cantidad de mentiras que se dicen sobre ella y llama poderosamente la atención la escasísima profundidad en la investigación de Dan Brown en este materia. En su novela pinta al Opus Dei como una institución retrógrada, en tanto que promovería un inmovilismo de las costumbres, aunque muy influyente dentro de la Iglesia. El obispo Aringarosa no pasa de ser un pobre débil mental -mezcla de párroco ingenuo de pueblo con aprendiz de mago-, llevado de aquí para allá por las intrigas del Maestro (Teabing) y por los tejes y manejes del Vaticano, cuyos cardenales y obispos aparecen como una retahíla de desalmados ocupados en prolongar su poder y ambición.

1. CRISTIANOS CORRIENTES EN MEDIO DEL MUNDO

¿Qué es el Opus Dei? ¿Es la institución retrógrada que pinta Dan Brown en su novela? ¿Está rodeada de escándalos? ¿Busca el poder temporal y acumula riquezas ingentes de dinero e inmuebles? ¿La vida de sus miembros se caracteriza por la práctica de la ruidosa mortificación corporal, tan obsesivamente enfatizada en la novela? Todas estas preguntas están contestadas afirmativamente por Dan Brown, de tal manera que el Opus Dei sería una institución siniestra, antediluviana, recelosa de la ciencia, del progreso, de la libertad.

La sencilla realidad es otra. El Opus Dei nace el 2 de octubre de 1928. ¿Su finalidad? Recordar que todos estamos llamados a alcanzar el ideal de santidad, buscando a Dios y sirviendo al prójimo en las cosas ordinarias. A Dios lo encontramos en el día a día y así lo ha dicho infinidad de veces su Fundador, San Josemaría Escrivá: Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.

El Concilio Vaticano II confirma con creces el mensaje del Opus Dei al proclamar con gran claridad la vocación del laicado; en los documentos conciliares, además, se abre el camino jurídico para lo que al cabo de algunos años más será su forma jurídica definitiva: una Prelatura Personal, de ámbito universal perteneciente a la Jerarquía de la Iglesia. La principal característica del Opus Dei -ha dicho su Fundador- no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario

Los miembros del Opus Dei son ciudadanos corrientes, amas de casa, obreros, campesinos, intelectuales, comerciantes, de todos los oficios y profesiones cuyo trabajo puede ofrecerse a Dios, en servicio del prójimo. Los hay solteros, casados, viudos, sacerdotes seculares. Es un camino de santidad -los hay muchos en la Iglesia Católica- para el común de los fieles. Ningún miembro del Opus Dei se aparta del mundo, más aún la Obra no saca a nadie de su sitio. Cada cual sigue desempeñando el rol, función o papel que ejercía desde antes de pertenecer a la Obra. No son miembros de la Obra, sin embargo, los religiosos, monjes, monjas o, en general, todos los miembros de Ordenes o Congregaciones Religiosas, precisamente porque la realidad espiritual de la Obra sigue otro camino, aquel de búsqueda de Dios en lo ordinario, poniendo el hombro en los afanes cotidianos que componen la biografía personal de todo fiel.

Esta escueta referencia es suficiente para afirmar que en el Opus Dei no hay monjes, a quines, ciertamente, el fundador amaba tanto. La mayor parte de los miembros de la Obra son mujeres y hombres casados, con familia e hijos. Hay unos pocos miembros que permanecen célibes (solteros), son los numerarios . Al igual que cualquier mortal u otro fiel del Opus Dei ejercen su profesión en la sociedad civil, y por circunstancias vocacionales específicas, ocupan el tiempo que podrían haber dedicado a una familia de sangre, a la formación de otros miembros de la Obra.

Viven habitualmente en centros organizados como casas de familia, pues la forma de vivir allí es el régimen de una familia. Algunos de estos centros tienen zonas habilitadas para atender a las personas que acuden a las actividades formativas que se dan: unas veces son salas de estar amplias; otras, salas de estudio para escolares o universitarios; no mucho más. Suele haber, también, una capilla dispuesta de modo digno y acogedor que invita a la oración personal, junto al Señor en el Sagrario. Lo demás son los cuartos de quienes viven allí, sin más singularidad, que la decoración y disposición de muebles del lugar en que se esté.

La imaginación de Dan Brown pinta el siguiente cuadro de lo que sería un centro del Opus Dei en donde viven numerarios: [Silas entra al centro y] al poner el pie sobre el suelo enmoquetado se activó una campanilla electrónica en la planta superior. Esos timbres eran una característica habitual en aquel tipo de centros en que los residentes pasaban la mayor parte de su tiempo encerrados en sus celdas, rezando (…) Silas subió la escalera y encontró su habitación. Se quitó el hábito empapado y se arrodilló así, en ropa interior, para decir sus oraciones.

Basta decir que Dan Brown desconoce lo que es un centro del Opus Dei. Son casas de familia, con cuartos ordinarios, en donde cada persona pasa el tiempo necesario que cualquiera otra utiliza para descansar. Durante el día cada cual está en sus centros laborales, procurando desarrollar su trabajo con la mayor dedicación posible, sin perder la mira sobrenatural, viendo detrás de cada acontecimiento a Dios. Si hay un lugar en el que se esté más es en la calle y no precisamente en la habitación.

Quienes han frecuentado un centro del Opus Dei -¡y se cuentan por millares!- podrán dar testimonio de esta disposición material de las casas y, lo que es más llamativo, hablarán del ambiente de alegría y de paz que descubren en ellos, el mismo que encontré hace ya un montón de años y que me hizo comprender que el camino de santidad es alegre. Y es que la vida cristiana es alegre, fresca. Esta es la vida que se le escapa a Dan Brown, orientado sólo a urgar en el lado oscuro y escandaloso de la historia.

2. EXCELENCIA Y EXIGENCIA

El ideal está muy claro, porque ha sido muy claro el mandato que Dios dirige a todos los cristianos: ser santos como el Padre Celestial lo es. Pero no hay excelencia en nada que uno se proponga, sino no está acompañada de exigencia. Ahora que está tan de moda las competencias del liderazgo, todos saben que la excelencia no llega sólo porque uno lo grite a todos los vientos. Hay que poner mucho de uno: esfuerzo, sacrificio, trabajo duro e intenso, privaciones personales, ajustes familiares. Una cultura de la excelencia, por tanto, lleva a un continuo afán de superación, articulando en la biografía humana logros y fracasos, alegrías y penas.

Alejandro Llano en su Vida lograda lo dice así: La excelencia a la que aspiro no es la del completo acabamiento. Es seguir buscando lo bueno de la mejor manera que esté a mi alcance. Potenciar lo más posible mi ser práctico, para que mi capacidad operativa crezca acumulativamente. Una concepción estática y terminal de mi excelencia la convertiría en algo odioso para los demás e incluso para mí mismo. Para los demás sería la mayor falta de modestia, ya que aspiraría a presentarme como un modelo. Para mí supondría abocarme a la desesperanza, al proponerme algo inalcanzable. Paradójicamente, la excelencia excluye el perfeccionamiento total

¿Excelencia sin exigencia? ¿Santidad sin esfuerzo ni sacrificio? Rara excelencia y mediocre santidad. Se trata de vivir de la Fe y también de vida de Fe, es decir Fe con obras. Eso es, precisamente, lo que les falta a los personajes de Dan Brown en su novela: ni Fe, ni vida, ni obras, sólo búsqueda de tesoros escondidos. Son unos gimnastas intelectuales en el mejor de los casos, conocedores de verdades extraordinarias, pero que no les reporta un compromiso vital. Son seres escindidos, divididos: conocer la verdad del Grial, no afecta a sus vidas. Son personajes que cuentan fábulas en tercera persona, desde la tribuna. La vida cristiana, por el contrario, es una lucha constante por la coherencia, por la unidad de vida. No hay vidas paralelas: vida cotidiana y vida espiritual están unidas.

En Silas, el monje albino que pertenecería al Opus Dei, no encontramos esta unidad de vida. Silas es todo menos una persona sencilla, sus desgarramientos interiores son superiores a él mismo. Su cuerpo, en tanto que albino, es quizás transparente, pero su alma no. Ha tenido una infancia y adolescencia trágicas; conoció el maltrato físico, las burlas, el desprecio de su padre. Encuentra su redención cuando es acogido por el sacerdote misionero, Aringarosa, quien le devolvió su autoestima y con el tiempo, le enseñó a verse a sí mismo bajo una nueva luz: Soy puro. Soy hermoso. Como un ángel. Ese sacerdote misionero, con el tiempo llegaría a ser el Prelado del Opus Dei.

Pero los tormentos de Silas no han terminado. A la conciencia de culpa por su pasado, se suma ahora la responsabilidad por la terrible misión que le ha encomendado Aringorosa, a instancias del misterioso Maestro: eliminar al Gran Maestre del Priorato de Sión y a sus tres senescales. Silas cumple con el encargo, mata a los cuatro y más, pero entiende que esas muertes son por una causa santa y considera que el perdón le está garantizado. Su personalidad masoquista le hace buscar la limpieza, la pureza y el perdón castigando fieramente su cuerpo: lleva el cilicio durante horas hasta el desgarramiento de su piel, se castiga cruentamente con el látigo. Una vida atormentada, unos actos desquiciados, una paz espiritual que no llega.

El dolor es un tema enfermizamente recurrente en Silas. El dolor es bueno, afirma en varias oportunidades. Pareciera que a Silas le faltara tiempo para expiar morbosamente sus culpas, como cuando se castiga con la disciplina. Narra Dan Brown: Ahora Silas centró su atención en la cuerda de gruesos extremos anudados que tenía en el suelo, junto a él. La Disciplina. Los nudos estaban recubiertos de sangra reseca. Impaciente por recibir los efectos de purificadores de su propia agonía, Silas dijo una breve oración y acto seguido, agarrando un extremo de la cuerda, cerró los ojos y se azotó con ella por encima del hombro, notando que los nudos le golpeaban la espalda. Siguió azotándose una y otra vez.
Castigo corpus meum
Al cabo de un rato, empezó a sangrar
.

Silas, ¿es el ejemplo de un buen cristiano, aunque exigente?, ¿es el modo de encarnar la santidad personal que pide Jesucristo a todo cristiano?, ¿su estilo de vida es atrayente?. ¿Silas, en definitiva, es el prototipo de un fiel del Opus Dei? La respuesta es obvia para cualquiera que observe sin perjuicios el panorama de la Iglesia contemporánea. Si hay algo que ha quedado machacado desde finales del Concilio Vaticano II (1966) es el ideal de santidad en la vida corriente, en lo ordinario. En el mundo está la huella de Dios, y el Señor nos quiere allí. No se trata de huir y recluirse en un rincón, lejos del mundanal ruido, no. Dios sale al encuentro de cada uno en las circunstancias ordinarias de la existencia humana y, especialmente, en el trabajo profesional. Así de prosaico, así de sencillo.

A Silas se le va la vida entre cilicios, disciplinas sangrantes y remordimientos de conciencia. No da para más su día. Un cristiano corriente, un fiel del Opus Dei no tiene la centralidad de su vida en el cilicio, la disciplina, y la tortura síquica o material. El cilicio y las disciplinas han estado presentes como prácticas de penitencia en la tradición de la Iglesia. No es un ningún secreto que la Iglesia haya ocultado. Basta visitar los conventos que en el Perú son verdaderas joyas arquitectónicas, para ver como estas prácticas se han vivido con la serenidad propia de personas entregadas a Dios, prácticas que hasta ahora se conservan entre tantos fieles cristianos y que algunos miembros del Opus Dei hacen suyos, sin las exageraciones melodramáticas de Silas.

Me siguen pareciendo fascinantes aquellos consejos que da San Josemaría Escrivá en Camino, hoy en día un verdadero clásico de la espiritualidad cristiana: Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior. Esta es la mortificación que lleva el sello de la ascética cristiana, en lo ordinario, sin estridencias públicas ni secretas, con serenidad del cuerpo y del alma. Todo un programa de vida que no sale a la primera, ni a la segunda, pero no por ello deja de ser una meta atractiva para quien desee sembrar paz y alegría en la convivencia humana.

Lo que Dios espera de un fiel cristiano es que se comporte con la dignidad de un hijo de tan gran Padre. Y Dios espera a cada uno en lo cotidiano: el trabajo, el descanso, la familia. Hay un algo divino que se esconde en cada rincón de la creación. El caminar del cristiano es sereno y, al igual que en la biografía personal de cualquier ser humano, hay alegrías y penas, gozos y fatigas. Nada más alejado del talante cristiano que los rostros inexpresivos, los gestos adustos, los dolores extremos. Silas es, pues, un personaje grotesco, novelesco, pero de ninguna manera es la representación de un cristiano corriente y mucho menos el tipo de un fiel del Opus Dei.

La vida real de un miembro del Opus Dei es muy otra, singular para cada uno de ellos, sencilla como la de cualquier otro viandante, incluso sin brillo espectacular, sin historias vendedoras. Es vida en prosa, escrita no sin esfuerzo diario, pero exenta de intrigas, ríos de sangre y de hechos extraordinarios. Sí hay esfuerzo continuo por vivir el ideal cristiano de excelencia y santidad, horas de trabajo realizado del mejor modo abierto al servicio del prójimo y ofrecido a Dios, como respuesta natural y lógica a su presencia paternal y maternal a la vez. Al cabo de un día, el resultado es más o menos el mismo que el de tanto millones de seres humanos: acciones buenas, menos buenas y malas, pero también la alegría que todo cristiano tiene de saber que ninguno es un verso suelto, o un error en la creación. Formamos parte de un gran poema de amor, tanto cuando el alma está inundada de alegría como cuando el corazón estalla en lágrimas de dolor y tristeza.

3. LA ALEGRÍA DE VIVIR

El espíritu cristiano no es triunfalista y para muestra basta el ejemplo cercano de su Santidad Juan Pablo II, quien hizo una petición pública de perdón aquel venerable 12 de marzo de 2000, en el contexto del Jubileo. Talante humilde y valiente el del Santo Padre que inaugura el Tercer Milenio con esta petición de perdón. Por contraste, el arrogante perdona la vida a los demás. El pesimista maldice su suerte. Ninguno sabe agradecer, ninguno pide perdón. Es la humildad la que hace agradecida a la persona: lo recibido es un don, un regalo y no un derecho. En los personajes de Dan Brown hay una mezcla de arrogancia y pesimismo; falta la humildad, el agradecimiento y, quizás por eso, sus ojos sólo alcanzan a ver las penumbras de la historia, pero no sus amaneceres.

Si como dice el poeta, vivir es navegar, no hay duda: cuando zarpé para esta navegación/ en el barco de mi vida/ se metió un polizón./ Y ya lo ves: yo marcándole/ el rumbo a la embarcación/ y él -que es también yo-, a escondidas/ desviándome el timón (Miguel D’ors). Mirada bien las cosas, en la navegación de la vida, el problema no es el polizón, el problema es el barco a la deriva, sin capitán y sin rumbo.

Cada ser humano es un navegante, buscador de una felicidad que se incoa ya aquí y que será para siempre, para siempre en el Cielo (Santa Teresa de Jesús). Vamos trazando el cuadro de nuestra vida con pinceladas gruesas y finas, en tonos claros y oscuros propios de la condición humana, ennoblecida por la Redención obrada por Jesucristo quien nos ha elevado a la condición de hijos de Dios. Esta fragilidad y grandeza de lo humano le llevó a decir a Francisco de Quevedo, con toda razón que -tras la muerte- nuestros cuerpos serán ceniza, mas tendrán sentido; polvo serán, más polvo enamorado.

La vida del cristiano es una lucha continua para ser mejores, así lo expresa Juan Pablo II: Cristo dice: No temas pequeño rebaño, porque vuestro Padre se ha complacido en daros su reino (Lucas, 12, 32) . Ciertamente -afirma- el Evangelio no es la promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y al mismo tiempo es una Gran Promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria por medio de la fe, a ese hombre atemorizado por tantas derrotas. No se trata de cerrar los ojos a la realidad, pero ésta hay que mirarla con la serenidad y perspectiva de la Fe, sin angustias gratuitas. Es decir, Dios quiere contar con el concurso de sus fieles para hacer llegar los frutos de la Redención y no pasa nada si se es un pequeño rebaño en ese mar de gentes que ignoran el sentido sobrenatural de su vida.

A ninguno se le oculta los miedos y desencantos de la mujer y el hombre contemporáneos, pero el cristiano vive, también, de esperanza. El Evangelio es exigente, pero no supera las posibilidades del ser humano: Dios hace unas propuestas morales al hombre -hay exigencia y Cruz-, pero a su vez otorga la gracia, al que Dios mismo en cierto sentido se ha obligado. De ahí que Juan Pablo II animara insistentemente a “atravesar el umbral de la esperanza, no detenerse ante él, sino dejarse conducir , tal como lo expresaba el poeta polaco Cyprian Norwid: No detrás de sí mismo con la Cruz del Salvador, sino detrás del Salvador con la propia cruz.

Sí, el futuro no es producto de la fatalidad impuesta por dioses que juegan en el Olimpo, ni tampoco es una comida a la carta y antojo de los comensales; es la espera de quien se sabe habitante de un mundo salido de las manos de Dios, cuyo Verbo Eterno -dice Juan Pablo II en su Tríptico Romano- es como si fuera un umbral tras el cual vivimos, nos movemos y existimos.