Locations of visitors to this page

Noticias

Jesucristo, Dios y Hombre Verdadero

La historia de la humanidad, que aún con sus quiebras y aspectos trágicos, es apasionante, tiene un innegable acontecimiento con la venida de Jesucristo, nacido de Mujer, quien en la plenitud de los tiempos irrumpe en nuestro tiempo de manera decisiva. Desde entonces nuestra historia se divide en dos: antes y después de Cristo. Él es la culminación de aquella primera Alianza entre Dios y los hombres, constituye la plenitud de la Revelación y viene a restablecer aquella unión primigenia del ser humano con Dios.

En este horizonte se sitúa el Evangelio, la Buena Nueva , la noticia que nos recuerda todo el insondable amor divino por el hombre, la restauración de nuestra dignidad perdida, ofuscada, oscurecida por aquella debilidad causada por el apartamiento del don divino de amor. La Encarnación del Hijo de Dios tiene la fuerza y la belleza del amor: sólo el ser humano es amado por sí mismo, cada uno de manera personalísima. Valemos tanto que el mismo Dios se hace hombre para enseñarnos el Camino de regreso al amor de Dios de donde procedemos. A partir de este acontecimiento nada será lo mismo si nos metemos en esa Vida. Recuperamos la dignidad y el sentido de nuestras vidas, y al mismo tiempo nos hacemos parte de esa misión: la de restaurar el amor y la dignidad humana perdida.

1. AUTORIDAD DE LOS EVANGELIOS

La novela de Dan Brown niega la divinidad y mensaje salvífico de Jesucristo. ¿Pueden existir dudas, después de más de 2000 años sobre la validez del mensaje cristiano que conserva la Iglesia Católica ? ¿Son realmente fuentes certeras y fidedignas los Evangelios para conocer a Jesucristo? El Código Da Vinci sostiene que el mensaje de los Evangelios favorecen los intereses políticos del Imperio Romano en la época del emperador Constantino, y que de ningún modo son fuentes históricas o científicas para conocer la verdad sobre Cristo. Sin embargo, Dan Brown obvia el dato de que tales documentos no son los únicos para enterarse de la veracidad y grandiosidad del mensaje cristiano. La imaginación del autor no llega a abordar los datos ciertos de la ciencia histórica, aunque afirme que sí lo hace.

La historia sobre Jesús no es un mito, ni una idea abstracta cualquiera. Es un hombre que vivió en un contexto social concreto y que murió a manos de los romanos de su época. La investigación histórica es una exigencia de la fe cristiana para enriquecerse ella misma, detrás de cada afirmación del Evangelio hay también una cantidad ingente de estudios que respaldan científicamente la historicidad del más pequeño de los datos referidos en sus textos. Es una fe iluminada por la razón. Esto es algo que siempre ha defendido la Iglesia Católica , como lo recordó, su Santidad Juan Pablo II en su Encíclica Fides et Ratio.

La verdad cristiana no está constituida por palabras que se sueltan al aire para que los fieles las asuman con un amén. No es una creencia ciega sin mirar la razón de los hombres. Jesús es accesible a la historia en la modesta forma en que los personajes históricos son accesibles a los historiadores. No obstante, han existido varios autores que niegan la existencia histórica de Jesús, yendo contra las verdades de fe (y de ciencia también) que profesan los cristianos.

Los datos históricos nos remiten a un manuscrito del siglo VII llamado El Canon de Muratori . Este copia la lista de los libros que la Iglesia tenía como sagrados alrededor de los años 180 y 190. Ahora bien, lo que aparece en el texto es la misma relación de manuscritos que hoy conocemos: Los Cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, y trece epístolas paulinas. Puede decirse sin temor alguno, que después de 150 años de la muerte de Cristo, lo esencial de los libros no se había perdido.

Los Evangelios fueron escritos inicialmente en hojas de papiro (material que no excede los 200 años) y luego el contenido del mensaje fue trascrito a pergaminos (piel de carnero) para su mejor conservación. Actualmente no se conservan ejemplares originales, pero lo que sí ha llegado hasta hoy es el mismo mensaje cristiano.

Muchos de estos pergaminos han llegado hasta nuestros días y constituyen el fondo más sólido del conocimiento neotestamentario. Los escritos originales del Nuevo Testamento datan del periodo 50-110. Luego se intercalan tres siglos de copias de esos textos; de allí proceden los manuscritos que hoy conocemos. Son esos códices que se admiran en las grandes bibliotecas como la Vaticana. No es raro que exista una cierta diferencia de años entre la redacción y el conocimiento público de los textos que dieran a conocer la vida de Cristo en la Tierra. Que el texto final de los evangelios que hoy conocemos sea del siglo IV, no significa que contengan mensajes falsos. Este espacio temporal no es nada comparado al lado del periodo que, para todos los clásicos de la antigüedad, media entre el desconocido autor y la copia más antigua conocida.

Por ejemplo, las tragedias de Sófocles tardaron 1400 años en salir a la luz; las obras de Platón se conocieron 1300 años después de su principal original. El Nuevo Testamento, por lo que se refiere, pues, a la proximidad de la copia con respecto al original, está en una situación incomparablemente privilegiada.

Cuando Los Evangelios describen la vida y obra de Jesús se encuentran respaldados por serios documentos registrados en los anales de la historia. En San Lucas, por ejemplo, se menciona a Tiberio, César, Poncio Pilato, Herodes, los sumos sacerdotes Anás y Caifás, y Juan el Bautista; los datos de todos ellos se encuentran en la obra de Flavio Josefa. Los hábitos, las costumbres rutinarias de la época, son semejantes a las de cualquier palestino contemporáneo a Jesús. Los Evangelios se convirtieron, después de la muerte y resurrección del Mesías, en los textos autorizados para tratar a Jesús (y de uso general de las comunidades) debido a la autoridad de los apóstoles, pues éstos eran los verdaderos testigos de Cristo: de allí la reveladora fórmula Evangelio de Jesucristo según …

Sin embargo, también es cierto que acerca de Jesús no existe abundante literatura contemporánea a su época. Sus coetáneos, ¿hablaron o no hablaron de Él?. No obstante, esto no tiene nada de sorprendente si volvemos a situar en sus justas perspectivas un acontecimiento que hoy nos parece inmenso por las consecuencias que tuvo. Nos cuesta trabajo admitir que la vida, la enseñanza y la muerte de Cristo no tuvieran una resonancia tal que la base del mundo se conmoviera por ella en aquel mismo instante. Pero de hecho, para el ciudadano de Roma que vivía bajo Tiberio, esta historia no tuvo más importancia que la que tendría para nosotros la aparición de algún oscuro profeta en Madagascar (…).

La fuerza histórica de los Evangelios radica en la cantidad de escritos que respaldan su contenido. Existen alrededor de 2500 manuscritos griegos (de los cuáles más de 40 tienen más de mil años de existencia) que difunden el mismo conocimiento; también 1500 leccionarios que contienen la mayor parte del texto evangélico. La conocida Vulgata Latina (establecida en el siglo IV por San Jerónimo) cuenta con cerca de 8 mil textos que refuerzan el mensaje cristiano. No existe ningún libro de la antigüedad que nos haya sido transmitido en tan perfectas condiciones.

También se encuentran los escritos de Tácito, que en el año 116 habla de unos cristianos a propósito de un incendio en Roma del año 64. Nerón, el causante del incendio, acusó y torturó a unos hombres acusados por sus fechorías, y a quienes el pueblo llamaba Cristianos. El nombre les venía de Cristo y se extendieron por Judea y toda la Urbe.

Flavio Josefo, un autor no cristiano de los años 40 D.C., en su libro Las Antigüedades Judaicas , habla de Jesús en los siguientes términos:

Existió en este tiempo Jesús, hombre sabio, si cabe llamarle hombre, ya que hacía obras extraordinarias y era maestro de hombres que acogen con placer la verdad. Atrajo a sí a muchos judíos y también a muchos griegos. Era el Mesías. Habiéndole castigado Pilatos con la cruz, por denuncia de varones notables entre nosotros, sin embargo, no desistieron aquellos que le habían amado desde el principio. Se les apareció al tercer día vivo, según habían dicho los divinos profetas de él ésta y otras mil cosas admirables. Todavía no ha decaído la tribu de los que, a partir de él, son llamados cristianos .

Si Cristo no hubiera existido, consecuentemente no se hablaría de Cristianos. Celso, uno de los polemistas anticristianos del siglo II, no puso jamás en duda la historia de Jesús tal y como la conocemos hoy.

Los Evangelios son los documentos que guardan el verdadero mensaje de Cristo no sólo a la luz de la fe. No son parte de la historia cristiana desde la visión de los vencedores, como afirma El Código Da Vinci . Evangelio significa Buena Noticia, Buena Nueva. Son la muestra documental de la buena nueva del Hijo de Dios hecho hombre. Los evangelistas estuvieron muy cerca de Jesús, por eso narran la fe entretejida en el marco narrativo de una historia realmente sucedida. Si los hechos que se describen en el Nuevo Testamento no fueran verdad, los lectores inmediatos de las comunidades primitivas cristianas no lo hubieran admitido. No eran tan ingenuos como algunos críticos racionalistas imaginaron.

La firmeza de los Evangelios nos lleva a ratificar el valor histórico de la Iglesia Católica que fundó Cristo en Pedro. La Iglesia ha estado presente en las distintas épocas históricas, siendo la poseedora de la tradición y verdadero conocimiento de la persona y la obra de Jesucristo. La coherencia del Nuevo Testamento radica en las enseñanzas morales respetando la dignidad de la persona humana que posee desde todos los tiempos. No existe, pues, documento cuya garantía supere a los Evangelios

2. COHERENCIA ENTRE ANTIGUO Y NUEVO TESTAMENTO

El valor histórico de Los Evangelios no radica solamente en las pruebas históricas de autores contemporáneos a Jesús, sino en su perfecta relación con las profecías del Antiguo Testamento; pues en cierto sentido para llegar a la verdad sobre Jesucristo es necesaria esa pre-comprensión del ser divino, creador y conservador del universo que se encuentra en los escritos de la primera parte de la Biblia.

En el libro de Isaías, por ejemplo, se anuncia que el Mesías nacerá de la Virgen y tendrá por nombre Emmanuel, que quiere decir Dios con nosotros ( Is. 7, 14) Este pasaje tiene correspondencia, según José María Casciaro, con el Evangelio de Mateo (1, 23): y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno.

La afirmación de Cristo como Hijo de Dios también se encuentra registrada en el Antiguo y Nuevo Testamento. El salmo 2,7, del libro I, es mesiánico: Tú eres mi hijo y te he engendrado. Si miramos Hebreos 5,5 (del Nuevo Testamento) leeremos y así Cristo no se exaltó a sí mismo, haciéndose Pontífice, sino el que le dijo Tú eres mi hijo, Yo te he engendrado hoy.

Según Casciaro, aquí se toma el pasaje 2,7 para probar el sacerdocio de Cristo; y además es usada la filiación divina del Mesías para la exaltación o entronización como Rey universal de las naciones. En la primera línea de Carta a los Hebreos, a modo de prólogo, se nos presenta en visión sintética toda la revelación divina. Para saber más acerca de Cristo es necesario leer la Biblia teniendo en cuenta que su valor va más allá del dogma infundado.

3. CRISTO, HIJO DE DIOS DESDE SIEMPRE

Según lo hemos dicho anteriormente, Dan Brown sostiene que sólo a partir del Concilio de Nicea (325) se habría empezado a empezaría a decir que Jesús era Hijo de Dios. Nada de cierto hay en este relato. Mucho antes de Nicea ya se hablaba de la divinidad de Jesús. En los escritos de los autores eclesiásticos anteriores al concilio del año 325, encontramos una firme y unánime profesión de fe en la divinidad de Jesucristo. La Didaché, escrita hacia el año 90 ó 100, contemporánea por tanto al evangelio de San Juan, llama a Jesús Dios de David .

El Papa San Clemente Romano, en su Carta a los Corintios (escrita entre los años 96 y 98), dice que Jesús es el centro de la Majestad de Dios. Años más tarde San Ignacio de Antioquia dirá que Jesús es Dios viviente de la carne. Los Apologistas cristianos, Padres de la Iglesia del siglo I y II, también hablan de Jesús en términos de Hijo de Dios. San Justino, en su Apología primera (escrita entre el 150 y 155), afirma que Cristo es el Verbo y que como Primogénito de Dios, es Dios. Se encuentran testimonios similares en Arístides ( Apología, hacia el 140 ), y en Melitón de Sardes, fallecido en el 194.

Teniendo en cuenta los documentos que hablan del Hijo de Dios en los años posteriores a la crucifixión, es indudable por tanto, no sólo por la fe, sino también por el análisis histórico que, cuando el Concilio de Nicea definió solemnemente la divinidad de Cristo, no hizo una nueva interpretación del Nuevo Testamento, ni dio prioridad a una de entre las muchas cristologías primitivas, sino que reafirmó la fe creída en la Iglesia desde el comienzo.