Los caballeros Templarios
- Las Órdenes militares
- La Regla Latina
- Organización social y económica
- La caída de los caballeros
- En El Código Da Vinci tampoco faltan los Caballeros Templarios , miembros de una Orden militar de caballería. Dan Brown afirma en la novela que la Orden del Temple fue creada por el Priorato de Sión para recuperar una serie de documentos secretos atesorados por Godofredo de Bouillón y que eran de una naturaleza tan explosiva que la Iglesia no pararía hasta hacerse con ellos. Para mayor claridad, Robert Langdon, el héroe de la novela, explica a Sophie la nieta del asesinado Jacques Sauniére- que la idea de la protección de los peregrinos era el disfraz bajo el que los templarios llevaban a cabo su misión. Su verdadero objetivo en Tierra Santa era rescatar los documentos enterrados debajo de las ruinas del templo [del rey Salomón].
No es la primera vez que se le atribuye a los templarios funciones y hechos que desfiguran su misión específica. La disolución de la Orden del Temple en 1312 y el penoso proceso judicial al que fueron sometidos previamente, acusándoles de actos infames que van desde la sodomía a la traición a la Iglesia, han dado pie, dice Régine Pernoud, a una increíble colección de alegatos fantasiosos que atribuyen a los Templarios todo tipo de esoterismos, desde los más antiguos hasta los más vulgares, todas las variedades de conocimientos alquímicos o mágicos, todos los procedimientos de iniciación o de afiliación habidos y por haber, en una palabra, todos los secretos de los que se nutre la sed de misterio inherente a la naturaleza humana y que, por una especie de revancha instintiva, no parece afirmarse más que en las épocas en que, aparentemente, se rechaza el misterio. Pasados tantos siglos desde su aparición y desaparición, hoy tenemos más elementos de juicio para valorar su presencia en la Iglesia. Echemos una mirada a su historia.Recordemos que por la época en que nacen los Caballeros Templarios (S. XII), en la sociedad medieval encontramos estamentos, perfectamente diferenciados en tres grandes órdenes : clérigos, guerreros y trabajadores, cada uno con una misión distinta según su condición. La oración correspondía al clérigo, así como el oficio de las armas al guerrero y la tierra al trabajador. Pero debemos tener presente, también, que durante la anarquía feudal, la nobleza había crecido en poder social, ellos eran la fuerza, y bajo esa fuerza se amparaban los más débiles, buscando que su defensor aniquile a sus enemigos. Gran parte del caos que debió apaciguar la Iglesia fue causado por las ambiciones de los guerreros, contra los cuales no había autoridad pública que les opusiera resistencia.
1. LAS ÓRDENES MILITARES
En este ambiente, florecen dos grandes pasiones: el fervor religioso y el valor militar, por lo cual se puede aseverar que a la disciplina del monje se une la del soldado. Y así, según refiere Jesús Mestre Godos, una de las realidades más destacadas que nació de las Cruzadas fue la fundación de órdenes religioso-militares, contando entre las más importantes a los Hospitalarios y los Templarios. Son prueba de la honda impregnación religiosa del oficio de las armas, aunque cosa digna de notarse es que las más antiguas no nacen con fines estrictamente militares, sino más bien con una finalidad benéfica y caritativa: defensa de los peregrinos y cuidado de los mismos cuando se enfermaban.
Como orden militar, los Templarios datan de 1119, año en que se fundó en Jerusalén una asociación religiosa que intentaba armonizar la vida ascética del monje con la profesión militar. Según Jacobo de Vitry, nueve de los caballeros que permanecieron con Godofredo de Bouillon en Jerusalén, luego de la partida de los cruzados -entre ellos Hugo de Payns, Godofredo de Saint-Audemar y otros-, todos caballeros de origen francés, se unieron con el fin de proteger a los peregrinos que acudían de todas partes del mundo para visitar el sepulcro del Salvador.
Durante los nueve años que siguieron a su fundación, vivieron pobremente, con mucha escasez y carencias. No tenían al principio más vestidos que aquellos que los fieles les daban de limosna; Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Omer no disponían más que de un caballo para los dos, de ahí que el blasón de los Templarios muestre a ambos caballeros montados en un mismo corcel. El rey Balduino II, que había acogido la fundación de la orden con alegría al ver la perspectiva de tener una fuerza militar al servicio de la seguridad de los peregrinos y de su mismo reino, se encargó de proveerles alimentación y albergue, cediéndoles una parte de su palacio: la mezquita de Al-Aksa, que estaba incluida en el perímetro en el que muchos siglos atrás se había asentado el templo de Salomón, de ahí que se les denominase caballeros del Templo ( Equites Templi ) o Templarios. Cuando Balduino abandonó la mezquita para ir a instalarse en la torre de David, todo el espacio fue ocupado por la orden, que desde ese momento considerará como su casa principal (la casa capitana) este Templum Salomonis que figurará en su sello.
Por espacio de varios años, no hubo más miembros, y los primeros compañeros que recibieron la ayuda de Balduino II comprendieron que esta ayuda era más simbólica que otra cosa; haciéndoseles obvio la falta de un apoyo más importante: el del Occidente cristiano. Por lo tanto, había que darse a conocer. Pensaron que lo mejor sería contar con una constitución aprobada por el Supremo Jerarca de la Iglesia, y es por ese motivo que Hugo de Payens viajó a Occidente, no con la finalidad de transportar un tesoro procedente del Templo de Salomón, como afirma Dan Brown.
La ocasión llegó durante el Concilio de Troyes, en 1128, la presencia de San Bernardo de Claraval fue decisiva. Dos caballeros, Andrés de Montbard, tío de San Bernardo, y Gonremar, llevaron al santo una carta de invitación del mismo rey. A pesar de sus años y sus achaques, San Bernardo no les falló, acudió a la invitación y redactó la nueva regla, que vino a sustituir las tradiciones orales y piadosos ejemplos de los fundadores. Nunca ningún tipo de orden tuyo un apoyo tan solemne. Además, en el mismo Concilio de Troyes se les impuso como distintivo un manto blanco, al que poco después Eugenio III añadió la cruz bermeja octogonal.
2. LA REGLA LATINA
¿Hay alguna particularidad que linde con lo misterioso y oculto en La Regla de los pobres soldados de Cristo y del Templo de Salomón? Ninguna para la época. Para nosotros, hombres y mujeres de la era de la información, nos podrá resultar distante, pero de ninguna manera esconde prácticas mistéricas o esotéricas. Miremos algo de ella.
La segunda parte de la Regla son setenta y dos artículos, unos más breves que otros. Los primeros artículos fijan la obligaciones espirituales de los caballeros. Para empezar, la única ofrenda que la orden requiere es la de uno mismo. Se sigue, luego, la obligación de asistir a maitines y al oficio divino, y si por cualquier motivo no pueden asistir, se deben rezar trece padrenuestros por maitines, para otras horas del día, siete oraciones y nueve oraciones más para las vísperas.
A continuación, nos encontramos con lo concerniente a la comida en común, donde se leerán las Sagradas Escrituras durante todo el tiempo que dure. Basta comer carne tres veces por semana, el resto de días son suficientes dos o tres platos de legumbres o sopa. Los domingos, los caballeros y sacerdotes comerán dos platos de carne, los escuderos y sirvientes sólo uno. Por otra parte, cada hermano recibe la misma medida de vino. Después de las comidas, en una Iglesia cercana o en el mismo refectorio, los hermanos darán gracias y las sobras de pan se repartirán entre los sirvientes y los pobres, pero los panes enteros serán conservados. Al llegar la noche, todos tomaran una colación general, dejando a juicio del Maestre si se debe dar agua o vino, y finalmente, los hermanos se retirarán a dormir, cada uno en su lecho, con un saco, una sábana y una cubrecama, durmiendo vestidos con camisa y calzón.
Cada hermano no puede tener más de tres caballos y un escudero, y todos los caballeros que deseen integrar el Temple deben aportar un caballo, armas y todo lo que les sea necesario. Se prohibió que los hermanos lleven oro o plata en sus bridas, armaduras, estribos y espuelas.
Los caballeros deben observar obediencia hacia su Maestre; tanto como para ir a Jerusalén, adquirir alguna cosa necesaria, o recibir correspondencia, era necesaria la autorización del Maestre. Se debía vigilar que los caballeros no entablaran conversaciones mundanas, que no conservaran bienes de ningún tipo. Se recomendaba no cazar, excepto a los leones, que son los enemigos de la Virgen María.
Los escuderos y sargentos podían ser recibidos por el tiempo que determinaran, pero no así los niños, ya que no tenían edad de llevar las armas contra los enemigos de Cristo. Los hermanos que debían ir a otras provincias tenían que esforzarse en mantener la Regla, especialmente en lo concerniente a la carne y al vino para dar una buena impresión a las personas. Si un hermano cometía una falta leve, lo exponía al Maestre, y éste le daba una penitencia. Si la falta era grave, debía retirarse de la compañía de los otros caballeros, comer solo y acogerse a la misericordia del Maestre.
3. ORGANIZACIÓN SOCIAL Y ECONÓMICA
La Orden, con Jerusalén como centro, estaba dividida en provincias. En Oriente, se cuentan tres: Jerusalén, Trípoli y Antioquía y en Occidente, las provincias y el número de las mismas van cambiando a medida que van ganando importancia. Sin embargo, se pueden señalar las provincias de Francia, Inglaterra, Flandes, la Alvernia, el Poitou, Aquitania, Provenza, Cataluña, Aragón, Portugal, Sicilia, y Hungría. Cada una de estas provincias tenía un jefe, persona importante para mantener el orden y la unidad.
Todas estas provincias a su vez contienen encomiendas, o casas madre. El interés en esto era el estar lo más cerca posible de la gente para que a todo el mundo le fuera fácil conectarse con una casa; además, como fruto de ese contacto con las personas, se hacía más ágil y fácil el proceso de reclutación y la recolección de donativos, así como el trabajo de la tierra por medio del cultivo, explotación agrícola y ganadería.
Hay un importante tráfico con el Occidente europeo, el cual incluye riquezas de todo tipo como son oro, plata, tejidos, vestidos, armaduras , arneses, caballos, etc. expedidos por las casas occidentales. Además toda donación o entrada de dinero de un valor de cien bizantinos o más debía ser remitida a Jerusalén. Desde Oriente, los Templarios envían otro tipo de mercancía : hermanos en misión, visitadores para las provincias, caballeros ancianos y enfermos.
El primer viaje a Occidente, encabezado por Hugo de Payns, fue motivado, como hemos señalado en páginas anteriores, por la necesidad del reconocimiento de la Iglesia y los reinos cristianos. Pero también existe un motivo más, la búsqueda de sustento material, el cual encontraron y supieron aprovechar de manera inteligente, pasando de ser los financiados a los financistas.
Primero empecemos con las donaciones. No es una novedad en aquellos tiempos, ni lo es ahora, y se debe contemplar desde el punto de vista de la gran influencia que tiene la Iglesia en el mundo. La nobleza y los terratenientes tenían grandes deseos de quedar bien con la Iglesia, y no hay mejor manera de demostrarlo que la observación del flujo de donaciones, que tienen también su parte de ganancia para el donante: la oración por su familia, la salvación de su alma y el perdón de sus pecados. Todo esto era por demás alentador, y la gente acomodaba no dudaba en hacerse colaboradora de monasterios, conventos, templos, y también, órdenes religiosas. Es posible aventurar por ello, como afirma Jesús Mestre Godos, que muchos de los rencores, de las rivalidades que tuvieron lugar entre las dos órdenes (Templarios y Hospitalarios) fueran motivados por compartir la misma clientela siguiendo los mismos procedimientoss.
Los Templarios demostraron una gran inteligencia en recibir todo lo que la gente generosamente les ofreciera, pues a todo le sacaban el mejor partido. Toda posibilidad de negocio, por pequeña que haya sido, siempre fue recibida de buen grado. Por ejemplo, si les donaban unas tierras, que no eran más que unos pastos abandonados, el beneficio de ello era la recolección de un diezmo, los derechos sobre los siervos o los campesinos del lugar. Pero digamos cuando la donación era mayor, como una casa de labranza, o un gran extensión de terreno, los templarios no perdían el tiempo en engrandecerla y transformarla en encomienda. Es por ello que la Orden llegó a poseer un número aproximado de 1500 encomiendas, que fueron la fuerza del arraigo de los Templarios en la sociedad.
Con el paso del tiempo, los resultados de este sistema se hicieron tangibles. A nadie le quedaba duda de que los Templarios eran inmensamente ricos, riqueza que se hacía evidente en la cantidad de embarcaciones propias que partían a Oriente cargadas de hombres, caballos, provisiones y sí, mucho dinero, éste último muy necesario para la lucha contra los infieles y la manutención de las casas del Temple en Tierra Santa.
Todo este sistema nos lleva a otra actividad, en la cual los caballeros lograron destacar: las finanzas. Ya antes que ellos, algunas iglesias y monasterios habían ejercido de depositarios de bienes muebles que no podían trasladar de un lado a otro, estos bienes solían ser plata, oro, o dinero; cuando volvían para recuperar lo que era suyo, pagaban un tipo de interés a modo de limosna, en agradecimiento por la custodia de sus pertenencias.
En lo que respecta al Temple, dice Pernoud, esta función de depositario adquiriría una importancia considerable a causa de los peregrinajes. El hecho de que la misma Orden poseyera casas tanto en Occidente como en Ultramar permitió a los cruzados la obtención de dinero en Tierra Santa, a cambio de un certificado de ingreso en la Tesorería del Temple en París, Londres, etc. Como ya ha sido se ñalado alguna vez, allí estaba en ciernes, lo que más tarde sería la letra de cambio, o incluso el cheque librado sobre depósito.
En mayor escala, los Templarios también apoyaron económicamente a Luis VII, para su labor de cruzado en Palestina, el Papa Alejandro III los utilizaba como banqueros en los viajes que realizaba. En tiempos de Felipe Augusto, el Temple de París custodiaba el Tesoro del Reino. Los Templarios fueron avales, otorgaron préstamos, reembolsos, y realizaron muchas otras operaciones en las diversas casas que poseían. La capacidad financiera de los templarios era grandiosa.
4. LA CAÍDA DE LOS CABALLEROS
En Tierra Santa, los Templarios tuvieron muchos altos y bajos. Para cuando sucedió la caída de Edessa, no contaban con suficientes caballeros, junto al emperador germánico Conrado III y el rey de Francia Luis VII, participaron en la Segunda Cruzada , que redundó en fracaso. Por otro lado tuvieron grandes victorias como la del rey Balduino IV contra Saladino, en la cual un ejército de 500 hombres (400 templarios entre ellos) derrotó a miles de sarracenos, para regocijo de la Cristiandad. Sin la colaboración de los templarios, los Estados cruzados habrían desaparecido mucho antes. Su valor y entrega en los ataques los hicieron famosos, sus habilidades de lucha fueron altamente valoradas por los reyes de Jerusalén, felices de tener su ayuda en vista de la escasez crónica de fuerza humana en Tierra Santa.
Mientras sus servicios fueron requeridos en Palestina, no corrieron peligro. Pero en 1291, con la caída de San Juan de Acre, los Templarios y otros cruzados se retiraron a Chipre. De acuerdo a Mestre Godes, sin la pérdida de Tierra Santa, el trágico proceso contra los templarios sería inimaginable.
El papel principal en esta tragedia lo asume Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso. Beltrán de Saisset, obispo de Pamiers dice de él: No es un hombre ni una bestia, es una estatua, aludiendo a la frialdad de su comportamiento. Su vida privada fue por demás discreta, sellada por una reputación intachable, pero su vida pública fue minada por los escándalos de sus estrategias de gobierno. Su enfrentamiento con los ingleses, la derrota desastrosa de la Batalla de las Espuelas de Oro en Courtai, donde murieron mil nobles franceses, su conflicto por el intento de intromisión del Papa Bonifacio VIII en los asuntos internos del Estado, que terminó con la afrenta al Papa en Anagni, después de la cual, no resistiendo la emoción del pleito, el anciano Bonifacio murió son algunas de las pocas muestras de esta condición antes mencionada. Europa estaba horrorizada, pero aun así, se mantuvo silenciosa.
Felipe siguió avanzando, y no se detuvo hasta tener a su favor a un Papa francés, lo que le costó mucho tiempo y dinero. Y ésta es la entrada de nuestro segundo personaje: Beltrán de Got, arzobispo de Burdeos, que asumió el Papado como Clemente V. Era un hombre con una salud muy precaria, lo cual hacía que con frecuencia estuviera aquejado de dolores; de carácter más bien débil, es difícil imaginarlo como el maquiavélico intrigante que nos presenta Dan Brown al hacer referencia a su intervención en el desenlace de la Orden. Su fidelidad al rey de Francia fue demostrada pronto, luego del nombramiento de nueve nuevos cardenales, cinco de su propia familia y cuatro del entorno de Felipe. Y el último a nombrar es el Gran Maestre, Jacques de Molay, maestre en los tiempos de Chipre, hijo de un simple caballero, ingresó a la orden del Temple en 1265 y fue elegido Gran Maestre en 1298. Muchos historiadores lo califican de valiente, pero otros refieren que su nombramiento fue simplemente porque era el menos malo de los candidatos.
En 1306, Felipe IV indujo al Papa Clemente V a que hiciera comparecer ante él a Jacques de Molay, Gran Maestre de la Orden. Como Molay había dado prueba de su valor peleando en Tierra Santa y había estado con Chipre con sus caballeros, Clemente V lo invitó a conferenciar con él para tratar el proyecto de una nueva cruzada y la fusión de las ordenes del Temple y del Hospital. Molay llegó a Francia con sesenta caballeros, dirigiéndose primero a París para restablecer la disciplina de la casa del Temple, que se hallaba más bien desmoralizada desde la pérdida de Tierra Santa, y luego fue a visitar al Papa en Poitiers. Después haberse negado terminantemente a la fusión del Temple y el Hospital, pasó a hablarle al Papa de los ataques que estaba sufriendo la Orden.
Finalizada la conferencia, y en la confianza de que su negativa no tendría consecuencias, regresó a París, donde asistió a los debidos honores a los funerales de Catalina de Médicis. Pero al día siguiente, el 13 de octubre de 1307, Felipe IV ordenó el arresto de todos los templarios que se hallaban bajo sus dominios, bajo los cargos de herejía, adoración a ídolos, sodomía, y demás atrocidades que dejaron al mundo perplejo. El 16 de octubre, Molay y 140 templarios fueron detenidos y arrojados en prisión; en contra de las reiteradas peticiones del Papa que solicitaba fueran puestos bajo su custodia, permanecieron prisioneros de la corona francesa hasta que se iniciaran los juicios . Bajo crueles torturas, se le extrajo confesiones de los crímenes imputados.
El 12 de agosto de 1308, desde Poitiers, el Papa Clemente V convocó el Concilio de Vienne, en el cual, por iniciativa de Clemente se creó una comisión pontificia para investigar y resolver el asunto de los templarios. Jacques de Molay fue interrogado por esta comisión en París en 1309, la cual decretó por amplia mayoría que el proceso contra los Templarios se reemprendiese desde el principio y se permitiese la defensa de la Orden. Pero la presencia del rey en la ciudad, y su conocida animadversión por los caballeros, debió ejercer fuertes presiones sobre el Papa, el cual con frecuencia se había mostrado débil ante la energía de Felipe IV. La realidad fue que no se llevó a la práctica lo recomendado por la comisión y el Papa siguió una vía que podría ser calificada de administrativa, decretando la supresión de la orden del Temple el 22 de marzo de 1312 por la bula Vox in excelso .
El juicio de la historia sobre estos hechos salva el honor de los templarios, sólo algunos historiadores empeñados en defender la memoria de Felipe el Hermoso dan crédito a las acusaciones de la que los templarios fueron víctimas. Un análisis mínimamente profundo de las piezas del proceso hoy en día publicadas no deja lugar a dudas sobre la cuestión: todas las confesiones fueron arrancadas mediante tortura y, salvo ínfimas excepciones, sólo se obtuvieron en Francia. Si bien es posible que algunos templarios estuvieran corruptos, los casos sólo podían ser escasos.
Esta es la historia de los Caballeros del Temple, a los que nunca se les pudo encontrar crimen alguno, más que el de ser y hacer lo mejor que podían bajo las circunstancias en que vivieron, con las armas con las que contaron y contra las fuerzas que lucharon, y siempre, ante cualquier amenaza, fueron perfectos caballeros, quizá, como nos dice Mestre Godes, y como se puede inferir luego de una correcta investigación y análisis, ese fue su error.






