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Mujer, Sexualidad y Cristianismo

Afirma Dan Brown en su novela que la Iglesia Católica es programáticamente una iglesia de hombres para hombres. Dice: los días de la diosa habían terminado. El péndulo había oscilado. La Madre Tierra se había convertido en un mundo de hombres, y los dioses de la destrucción y de la guerra se estaban cobrando los servicios. El ego masculino llevaba dos milenios campando a sus anchas sin ningún contrapeso femenino. No se trata de negar la discriminación contra la mujer que ha existido y existe todavía en diversos estadios de la humanidad, pero tal situación no es obra de la Iglesia Católica como lo insinúa Dan Brown.

La radical igualdad y dignidad del hombre y la mujer la Iglesia lo sabe desde sus inicios. Se dice en el Génesis : Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó ( Gén 1, 27). Este es el principio y aquí radica, afirma Juan Pablo II la eterna verdad sobre el ser humano , hombre y mujer verdad que está también impresa de modo inmutable en la experiencia de todos- constituye en nuestros días el misterio que sólo en el Verbo encarnado encuentra verdadera luz (…) Cristo desvela plenamente el hombre y le hace consciente de su altísima vocación, como enseña el Concilio ( Gaudium et spes , 22).

En nuestros tiempos, no tiene sentido reavivar polémicas insidiosas e interminables sobre el carácter masculino de Dios. En Él todo es divino, ni masculino, ni femenino. Así lo dice Juan Pablo II, saliendo al paso de ciertas polémicas feministas, cuando se refiere, por ejemplo, al engendrar divino: Es espiritual del modo más perfecto, ya que Dios es espíritu (Jn 4, 24) y no posee ninguna propiedad típica del cuerpo, ni femenina ni masculina. Por consiguiente, también la paternidad en Dios es completamente divina, libre de la característica corporal masculina, propia de la paternidad humana.

De otro lado, a la mujer se la puede ver desde diferentes perspectivas, pero quizá una que nos acerca al núcleo femenino es la de su relación con el amor. No podemos detenernos ahora en explicaciones bio-psicológicas, pero sí se puede resumir de alguna manera su modo de ser se podría decir que la femineidad tiene una intuición muy profunda, una conexión inmediata, experiencial, vívida, directísima, con la radicalidad del amor.

Esta perspectiva del amor verdadero es profundamente cristiana. Desde el comienzo, el primer hombre y la primera mujer están creados en esta clave del amor. Cada uno lo percibirá o entenderá de diferente manera, pero el origen y el fin es el mismo: el amor. Coherentemente, en todo el Evangelio está presente toda esa re-valoración de la mujer, el reconocimiento de su dignidad y su misión. El respeto que ahí se da de la dignidad femenina es innegable, lo reafirman incluso personas que no son cristianas. Precisamente los diferentes Evangelios empiezan con el acontecimiento de la concepción y nacimiento del Hijo de Dios, en cuyo centro aparece una Mujer, María, de cuyo depende el comienzo de la historia de la Salvación.

Esta alta consideración de la dignidad humana siempre ha sido defendida por el Magisterio de la Iglesia: El ser humano, ya sea hombre o mujer- es el único ser entre las criaturas del mundo visible que Dios Creador ha amado por sí mismo; es, por consiguiente, una persona. El ser persona significa tender a su realización, cosa que no puede llevar a cabo si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás . El modelo de esta interpretación de la persona es Dios mismo como Trinidad, como comunión de Personas. Decir que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios quiere decir también que el hombre está llamado a existir para los demás, a convertirse en un don.

1. LA SEXUALIDAD HUMANA

Varón y mujer los creó
Y les quedó el don que Dios les diera.
Tomaron en sí a la medida humana- esta donación mutua
que hay en Él.
Ambos desnudos
No sentían vergüenza, mientras conservaban el don,
La vergüenza llegará con el pecado.
(…)
Y cuando se vuelvan un solo cuerpo
-admirable unión-
detrás de su horizonte se revela
la paternidad y la maternidad.
Alcanzan entonces las fuentes de la vida que hay en ellos.
Alcanzan el Principio.
Adán conoció a su mujer
Y ella concibió y dio a luz.
¡Saben que pasaron el umbral de la más grande responsabilidad!

Este poema forma parte de Tríptico Romano de su Santidad Juan Pablo II escrito en el 2002. ¿Se puede hablar de la realidad sexuada del ser humano de modo tan sencillo y natural? Es una mirada serena, sin ninguna pizca de agobio o morbosidad, ni mucho menos de condena. Y ésta ha sido la actitud de la Iglesia respecto a la sexualidad humana, elevada, incluso a sacramento que es tanto como decir amor humano bendecido.

Hombre y mujer desnudos ante Aquel, a cuyos ojos todo está descubierto y revelado. En la cultura del hombre -dice Juan Pablo II- está profundamente grabada desde el principio la dimensión de la belleza. Es como si la belleza del universo estuviera reflejada en los ojos de Dios, como se dice en las Escrituras: “Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno” (Gn. 1, 31). Se dice “muy bueno”, en concreto de la primera pareja creada a imagen y semejanza de Dios, con toda su inocencia originaria y en aquella desnudez que la caracterizaba antes del pecado original

En la Homilía que Juan Pablo II pronunció el 8 de abril de 1994 con motivo de la inauguración de los frescos restaurados de Miguel Ángel, dijo: la capilla Sixtina , si se puede hablar así, es precisamente el santuario de la teología del cuerpo humano. Al dar testimonio de la belleza del hombre creado por Dios varón y mujer, la capilla Sixtina expresa también, en cierto modo, la esperanza de un mundo transfigurado , el mundo que inauguró Cristo resucitado y, antes, aún en el monte Tabor. Esta teología del cuerpo, Juan Pablo II la había desarrollado ampliamente en dos secuencias de su catequesis de los miércoles que van desde setiembre de 1979 hasta mayo de 1981 y que quedará sintetizada brillantemente en su Carta Apostólica Mulieris dignitatem , a la que ya nos hemos referido.

Dan Brown quiere ignorar esta realidad y hace decir a Langdon que el poder de la mujer y su capacidad para engendrar vida fueron en otro tiempo algo muy sagrado, pero suponía una amenaza para el ascenso de una Iglesia predominantemente masculina, por lo que la divinidad femenina empezó a demonizarse y a considerarse impura. Fue el hombre, y no Dios, quien creó el concepto de pecado original, por el que Eva probaba la manzana y provocaba la caída de la humanidad. La mujer, antes sagrada y engendradora de vida, se convertiría en el enemigo.

A mayor abundamiento de la tesis sobre el desprecio al sexo y a la mujer que habría practicado la Iglesia primitiva, Langdon expone que el uso del sexo para comulgar directamente con Dios suponía una seria amenaza a los cimientos del poder católico. De este modo, la Iglesia quedaba fuera de juego y su autoproclamado papel como único vehículo hacia Dios quedaba en entredicho. Por razones obvias, hicieron todo lo que pudieron para demonizar el sexo, convirtiéndolo en un acto pecaminoso y sucio. Otras grandes religiones hicieron lo mismo.

Estas afirmaciones son notoriamente falsas. Octavio Paz, premio de Nobel de literatura, no precisamente un creyente, pero un literato y ensayista de indudable valía afirma que ni en el Génesis ni en los otros libros del Antiguo Testamento se condena al cuerpo o a la naturaleza. Se condena el adulterio, el incesto, el onanismo, la homosexualidad y formas del comercio sexual juzgadas aberrantes e incluso blasfemas para la ética religiosa hebrea. Se trata, en general, de prácticas orgiásticas, derivadas con frecuencia de los cultos de la fertilidad.

En el relato del Génesis -continúa diciendo Octavio Paz- Dios hace al hombre del lodo primordial y a su compañera de una de sus costillas. Creación material como la del escultor con la piedra o la madera. Adán está hecho de arcilla y Eva es “hueso de sus huesos y carne de su carne”, como dice la hermosa traducción de Cipriano de Valera. El primer mandamiento divino es “creced y multiplicaos”. Lejos de condenar el cuerpo, Jehová exalta los poderes genésicos. Adán y Eva no son como las almas descritas por Platón en el Timeo , que descienden del Empíreo, atraviesan los cielos, reciben los influjos fastos y nefastos de los planetas y encarnan en un cuerpo sujeto a la enfermedad, el accidente, las pasiones y la muerte. No , Adán y Eva son tierra hecha carne y animada por el soplo divino. Su pecado no fue la unión sexual -ese era su deber cósmico: multiplicarse-, sino la desobediencia.

Su falta es la desobediencia. Pero la raíz de esa falta es algo infinitamente más grave: haberse preferido a ellos mismos. Su pecado es no amar a Dios, su Creador, sino quererse a sí mismos y querer ser dioses (…) Pero el cristianismo no condena el cuerpo, sino a los excesos del amor al cuerpo. Amar exclusivamente un cuerpo es una de las formas en las que el hombre se ama a sí mismo y se olvida de Dios y de sus semejantes.

No hay, pues, en el Cristianismo condena al sexo, ni postergación de la mujer. El cristianismo es la religión de la encarnación de Dios en un hombre y la de la resurrección de los cuerpos, una doctrina igualmente escandalosa para los gnósticos y para los neoplatónicos. La fe cristiana, nos avisa San Agustín, no es maniquea.

2. LAS MUJERES DEL EVANGELIO

A este respecto es también espléndido el trato de Jesús con las mujeres que aparecen en el Evangelio. Con su Madre, en las bodas de Caná, cuando ella se da cuenta de una carencia importante de aquella fiesta, cosa típicamente femenina, la de estar en los detalles. Jesús apreció aquel desvivirse por los demás y cedió haciendo su primer milagro a pedido de su Madre.

También uno de los diálogos más hermosos de Jesús es su conversación con la Samaritana. Fiel a su misión redentora, Jesús le hace notar la precariedad de su vida: varios maridos en un ir y venir sin sentido, pero inmediatamente hace hincapié en su sed y la lleva con delicadeza a alzar la mirada y anhelar un agua con la que no tendrá nunca más sed, tocando su corazón y despertando en ella sus ansias vida eterna. La mujer samaritana percibe, entiende, esas dimensiones que le redescubre Jesús y va a anunciar a todos la maravilla de aquel encuentro.

Igualmente sucede con la mujer pecadora, quien es sorprendida en adulterio, por lo que se disponen a lapidarla. Jesús les llama la atención sobre la co-responsabilidad del varón en el pecado de la mujer. De manera que es injusto señalarla como única culpable: aquel que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Sin embargo, es también muy significativo lo que le dice a la mujer no peques más, porque trata de restaurar su vocación primigenia: el ser persona, el ser don, un don sincero, el no vivir para sí, para su placer, egoístamente.

Todo el Evangelio está transido de ese respeto, delicadeza y ayuda de Jesús para la condición de persona y la dignidad de la mujer. Se conmueve con la madre que está enterrando al único hijo que la sostenía, se detiene, le pide que no llore. Resucita a la hija de Jairo, cura a la hemorroisa, alaba a la pobre viuda porque depositando unas cuantas monedas como limosna, es la que da más. A todas, como a la Magdalena, les anima, las valora, les eleva la mirada hacia los bienes más altos, o les ayuda a ponerse en condiciones de atender a su salvación, al redescubrimiento del amor, que arranca de Dios y a Él se dirige.

Los fines de la misión de Jesús son espirituales, su afán por transmitir el Reino de Dios traspasan lo temporal y caduco; por eso eleva las alabanzas de quien en medio de la multitud le dice a Jesús: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron, a lo que Él responde: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Es el mayor piropo a su Madre: no sólo la maternidad de la carne, sino también la del espíritu, que consiste en el amor, en el don sincero de sí misma.

Es también proverbial la amistad de Jesús con Lázaro, Marta y María, a quienes amaba, pero está insertada en su misión espiritual, redentora; así, no es que el Señor reproche a Marta en razón de que considere denigrante las tareas en las que ella se afanaba, en la preparación de la comida y de lo necesario para atender físicamente a Jesús, pero deja bien claro que el escuchar la palabra de Dios, el mensaje divino como lo hace María es lo más importante. El episodio de la resurrección de Lázaro, lo deja claro: si la muerte es un mal, está superado con la resurrección. Estamos llamados a la Vida, es la que cuenta en definitiva.

Buena parte de esa Vida se obtiene en la pasión y muerte del Redentor. Precisamente la fortaleza de la mujer se pone de manifiesto en esos momentos difíciles. Al pie de la Cruz estaban su Madre y las santas mujeres. Pero la razón de esa presencia es el amor, porque cuando se ama se supera el miedo, al qué dirán como lo hace la pecadora que había lavado y perfumado los pies de Jesús, y miedo a perder la vida en aquellos momentos trágicos. Sólo Juan fue el discípulo que estaba ahí. Quizá fue entonces donde recibió el testimonio de cómo convertir el dolor en amor, para que nazca la Vida. También por eso en Juan nos es dada la Madre.

Estas glosas al Evangelio al hilo del Magisterio reciente de Juan Pablo II pone en evidencia la alta estima que siempre se ha tenido a la mujer y desmiente la tesis que Dan Brown deja correr en toda su novela acerca de la actitud negativa y opresora de la Iglesia Católica sobre la mujer. Santa Catalina de Siena y Santa Edith Stein, ambas patronas de Europa, de seguro protestarían ante todas estas afirmaciones gratuitas del novelista que, una vez más, lo suyo es hacer fábula la realidad.