Nostalgia de Dios
La novela de Dan Brown ha dado origen a un inusitado interés por lo religioso. Justo ahora, cuando una cierta sociedad del bienestar, satisfecha en sus necesidades vitales, había decretado la expulsión de Dios en la existencia humana. Pero no nos es posible prescindir de Dios hasta esos extremos, ni mucho menos vivir totalmente a espaldas de lo sagrado . Nada más terrible, decía Chesterton, que hacer profesión de ateísmo, ser el único sobreviviente de un terrible accidente de tránsito, y no tener a quién agradecerle la vida. A lo cual agrego, horrible noche aquélla de un ataque inesperado de depresión y pánico y no tener un Dios a quién agarrarse en esos trances. ¿Novelas como las de Dan Brown son sólo un producto del marketing moderno? ¿Volver al misterio, a lo sagrado aún cuando está envuelto de cierto gnosticismo, es una simple moda? ¿Qué hay detrás de esta profesión explícita de religiosidad en pleno siglo XXI? ¿Es una frivolidad más, incluso, una simple extravagancia intelectual? Me parece que hay más, mucho más.
Dan Brown le hace decir a Teabing, uno de sus personajes: las torres de marfil de Harvard te han ablandado, Robert. Sí, el clero de Roma está tocado por la fuerza de la fe, y precisamente por eso sus creencias pueden soportar cualquier tormenta, incluidos los documentos que contradicen lo que más sagrado es para ellos. Pero ¿qué me dices del resto del mundo? ¿Qué hay de los que no están bendecidos por las mismas certezas? ¿Qué me dices de los que ven la crueldad del mundo y se preguntan dónde está Dios? ¿Y de los que saben de los escándalos de la Iglesia y se preguntan quiénes son esos hombres que afirman tener la verdad sobre Cristo y aun así mienten y encubren los abusos sexuales a niños cometidos por sus propios sacerdotes? -Teabing se detuvo un instante- ¿Qué pasa con esa gente, Robert, si las persuasivas pruebas científicas demuestran que la versión de la historia de Jesús que propone la Iglesia no es exacta, y que la mayor historia jamás contada es en realidad la mayor historia jamás inventada?.
1. EL SILENCIO DE DIOS
Y ya sabemos por lo que llevamos escrito en este texto, que toda la novela gira acerca de la clave que revelaría uno de los mayores misterios de todos los tiempos, el encerrado en la leyenda del Grial. Como se ve, las preguntas -aunque más tienen de reproche que de pregunta- no responden sólo a recursos efectistas. Son válidas, pues una vez más vuelven a plantear la existencia del mal en la Humanidad. No es, precisamente, la frivolidad de la vida la que podría conducir a este tipo de interrogantes, son preguntas serias que la mujer y el hombre contemporáneos se hacen respecto a las cuestiones más radicales de la existencia humana. ¿Qué es el Opus Dei? ¿Es la institución retrógrada que pinta Dan Brown en su novela? ¿Está rodeada de escándalos? ¿Busca el poder temporal y acumula riquezas ingentes de dinero e inmuebles? ¿La vida de sus miembros se caracteriza por la práctica de la ruidosa mortificación corporal, tan obsesivamente enfatizada en la novela? Todas estas preguntas están contestadas afirmativamente por Dan Brown, de tal manera que el Opus Dei sería una institución siniestra, antediluviana, recelosa de la ciencia, del progreso, de la libertad.
La novela de Dan Brown no se mueve en el terreno de las grandes narraciones sapienciales, desde luego. Su camino es prosaico, muy prosaico. La respuesta a la que apunta Teabing, en el Código da Vinci , no es de corte racional. Se refugia en lo mistérico, anunciando una postura cansinamente agnóstica. ¿Ateísmo práctico encubierto? Bastante hay de eso en todos los personajes de la novela, no se salva ninguno. Se habla de Dios, pero se lo hace con la frialdad y cálculo de quien habla de sus ahorros en un banco.
También es verdad que cuando ya ni siquiera se es capaz de hacer estas preguntas de puro desencanto y pereza mental, lo que queda es el indiferentismo religioso tan propicio a la superstición. Es el hombre estético, vividor sin alma, empastado en el instante, suelta la sensibilidad, inflamada la afectividad. Es el hombre y la mujer sin-religión, pero que sin saberlo se siguen comportando religiosamente. No sólo se trata de una masa de supersticiones o de tabús del hombre moderno, que en su totalidad tienen una estructura o un origen mágico religioso. Hay más, el hombre moderno dispone aún de toda una mitología camuflada y de numerosos ritualismos degradados; ha desaparecido lo sublime, pero ha quedado el ruido de la fiesta.
Y así como la frivolidad es un disolvente para la vida en serio, el sinsentido existencial es, ciertamente, una amenaza continua para el hombre sin religión. La sola historia plana tiene un horizonte vital muy reducido. El historicismo, el sexismo, el conductivismo, etc. reducen a la persona en el hoy, no hay más que presente. La razón instrumental se estrella contra la realidad lacerante y no hay forma de sacarse de encima la fatalidad. Lo ha podido observar Mircea Eliade: En lo que concierne a las concepciones del tiempo en que se han detenido algunos filósofos historicistas y existencialistas, no deja de tener su interés una observación: a pesar de no ser concebido ya como un círculo, el Tiempo recupera, en estas filosofías modernas, el aspecto terrorífico que tenía en las filosofías india y griega del Eterno retorno. Definitivamente desacralizado, el tiempo se presenta como una duración precaria y evanescente que conduce irremediablemente a la muerte.
Albert Camus ha narrado con vigor la precariedad de la vida. Meursault , el protagonista de El extranjero , después de recibir la sentencia que lo condena a la pena de muerte por el crimen cometido, cavila para sí: Y bien, tendré que morir. Antes que otros, es evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena ser vivida. En el fondo, no ignoraba que morir a los treinta a ños o a los setenta importa poco, pues, naturalmente, en ambos casos, otros hombres y otras mujeres vivían y así durante miles de años. Un eterno retorno desacralizado, un pesimismo vital, un pensamiento débil, cansado.
Ante el sufrimiento del inocente y la presencia del mal la razón moderna se encorva, se desorienta, sólo queda el nihilismo . Como filosofía de la nada, logra tener cierto atractivo entre nuestros contemporáneos. Sus seguidores teorizan sobre la investigación como fin en sí misma, sin esperanza ni posibilidad alguna de alcanzar la meta de la verdad. En la interpretación nihilista la existencia es sólo una oportunidad para sensaciones y experiencias en las que tiene la primacía lo efímero..
Este pesimismo existencial también lo vieron los antiguos gnósticos, aquéllos a los que acude insistentemente Dan Brown en su novela. Llamaban “kenoma”, o vacuidad cosmológica, a nuestro mundo actual: un mundo de tiempo repetitivo, reproducción sin sentido, falta de futuro, generación X: entonces, ahora, siempre. Lo que somos ahora está infestado de demonios y atrapado en una concepción del destino gobernada por unos ángeles hostiles llamados “arcontes”, los príncipes de nuestra cautividad. Sí, si se mira hacia fuera, sólo hay fatalidad. El gnóstico, por eso, mira hacia adentro, busca la chispa divina que lo conecta con el Dios extraño, lejano, impoluto.
2. MAR A FONDO
Y bien, en este tramo del camino y ante el dolor y el sufrimiento, ¿qué?, ¿fatalidad?, ¿indiferentismo?, ¿fe?, ¿gnosis?, ¿ateísmo?, ¿frivolidad? Preguntas radicales que los seres humanos de todos los tiempos se han hecho, unas veces desde el sillón como en el libro de Lewis, El dolor o con el sufrimiento encima como en el segundo librito del mismo autor, Una pena en observación , escrito al poquísimo tiempo de la muerte de su esposa, amor otoñal de los que se viven directamente con el alma, seguido de un intenso dolor en el que naufraga el pensamiento, removiendo los cimientos del ser.
Sin duda, el destino de cada ser humano es un gran misterio, de ahí que el fatalismo o la esperanza sean actitudes posibles en la trayectoria vital de los hombres. ¿Qué decirle a una persona que se presenta con heridas y cicatrices, que trae sobre sí una vida coronada de infortunios? Una situación así es sobrecogedora. Ante la fatalidad el silencio de Dios es elocuente. Lo fácil y evidente es resignarse a la fatalidad (pesimismo) o enfrentarla en actitud arrogante (cinismo), pero en ambos casos falta la alegría y el derrumbe vital es inevitable.
La salida es otra y se la ve cuando a pesar del dolor, del cansancio y de las lágrimas se mira hacia lo alto, como lo ilustra Susanna Tamaro en Tobías y el ángel : Si estás aquí quiere decir que alguien te ha deseado. No sé quien, pero alguien lo ha hecho. Alguien tiene necesidad de tus ojos, de tus palabras. El destino -había respondido el ángel-, es una especie de largo ovillo de lana. Este ovillo poco a poco se desenrolla y construye la vida. A veces corre liso, a veces forma nudos. Lo importante es tener siempre el extremo en la mano. Un cabo de la madeja está en el puño del hombre y el otro está allá arriba, apretado en la mano infinita del Creador. No son sólo palabras consoladoras, es la realidad más honda de la condición humana, es la esperanza como respuesta cabal a la fatalidad.
La actitud del creyente ante el silencio de Dios no es de reproche sino de entrega a los designios de un Dios bueno, nunca de un Dios verdugo. Escribe el poeta:
Al caer, el torrente no se asombra.
Y los bosques bajan silenciosamente al ritmo del torrente
-pero, ¡el hombre se asombra!
(…)
Al asombrarse seguía surgiendo
desde esta onda que lo llevaba,
como si estuviera diciendo alrededor:
¡para! -en mí tienes el puerto,
en mí está el sitio del encuentro
con el Verbo Eterno-
¡para, este pasar tiene sentido
tiene sentido… tiene sentido…tiene sentido!…
La sabiduría y la fe alcanzan a ver la bondad originaria del mundo y ni el siglo XX ni ningún otro siglo son capaces de ocultar esta realidad última. Dilucidar el bien del mal no es cosa de hombres, es asunto de Dios. Ante lo insondable lo humano es rogar, como muy bellamente lo ha dicho Rosenzweig: el hombre ruega, Dios da, el mundo recibe y da gracias, y el hombre vuelve a rogar. El gnosticismo, en este sentido, es también un quiebre de la razón sapiencial. Quiere llenar el espacio que la razón moderna ha dejado en su repliegue; pero me parece que es, a pesar de sus límites, expresión de la profunda nostalgia de Dios que subyace en lo más íntimo del ser humano, es la nostalgia de habitar en un mundo divino, de tener una casa semejante a la casa de los dioses, tal como se ha configurado más tarde en los templos y santuarios. En suma, esta nostalgia religiosa expresa el deseo de vivir en un Cosmos puro y santo, tal como era al principio, cuando estaba saliendo de las manos del Creador.
Nostalgia de santidad, de pureza ante la mirada pasmada de uno mismo cuando se asoma a mirar en su interior: lo que se ve no es nada alentador y se quiere una nueva oportunidad, un volver a empezar, sin mancha, sin culpa. Intuición cierta, pero corta, pues no sabe qué hacer con los inevitables pasivos de la vida personal. En lugar de humildad, alza cabeza la soberbia personal disfrazada esta vez de la chispa divina pura, incontaminada y santa que un día volverá al pleroma.
El gnóstico posmoderno, como el que se trasluce en El Código Da Vinci , busca la salvación por el solo conocimiento, prescindiendo de la biografía personal. No se hace responsable de sus actos, activo y pasivo son cuentas separadas, no entrelazadas. No hay nada de qué pedir perdón, tampoco tiene sentido perdonar. Dios me conoce y yo conozco a Dios, dicen los gnósticos, pero lo que se conocería es la chispa divina, el yo profundo, que habita en este cuerpo. Sé quién soy, de dónde vengo, a dónde he sido arrojado, hacia dónde voy. Este conocimiento es el que salva y libera y ¿la vida? Ella no cuenta. Precisamente es el conocimiento el que libra de esta vida. Salvación desencarnada, liberación sin ascética. Ya no hace falta una metanoia (conversión) basta la sola iluminación.
Esta falta de peso específico personal se puede apreciar en los personajes de El Código Da Vinci, no hay verdaderos dramas personales, sólo hay buscadores de tesoros escondidos, conocedores de los grandes misterios y de la clave de toda la historia. La arrogancia es inevitable, son personajes por encima del bien y del mal, ligeros y desenfadados, porque se sitúan como jueces espectadores que ven jugar a los mortales desde lo alto de su palco. La culpa es de los demás.
La vida de cualquier ser humano está compuesta de luces y sombras y Dios que nos creó sin nosotros no nos salvará sin nosotros, dice agudamente San Agustín. La vida cristiana no está exenta de sacrificio, pero el Dios que se hizo hombre por amor a cada uno de nosotros con su Pasión y Muerte nos ha enseñado el camino de reconciliarnos con la Cruz como muy bien lo ha sabido decir Lewis, en Mero Cristianismo: entrégate y te encontrarás. Pierde tu vida y la salvarás. Sométete a la muerte, a la muerte de tus ambiciones y deseos favoritos todos los días, y a la muerte de todo tu cuerpo, al final; sométete con cada fibra de tu ser, y encontrarás la vida eterna. No retengas nada. Nada a lo que no hayas renunciado será verdaderamente tuyo. Nada en ti que no haya muerto se levantará jamás de entre los muertos. Búscate a ti mismo, y a la larga sólo encontrarás odio, soledad, desesperación, ira, ruina y descomposición. La sencilla vida cristiana, por sencilla no deja de ser paradójica y esto es lo que no ha alcanzado a ver Dan Brown en su novela.
Ante la banalidad de la vida, el Código da Vinci es una muestra de la presencia viva de los sagrado entre los hombres. Se queda corto, y la novela misma no llega a despegarse de esa banalidad que no quiere saber de excelencia ni de exigencia. Queda en pie el camino del creyente, del hombre religioso -en términos de Mircea Eliade- que se para respetuoso ante el misterio y sabe que sólo ante la mirada de Dios, el primer Vidente, todo permanece desnudo y transparente.






